Los he visto. Ahogados en sus propias penas. Atrapados por sus pasados. Arrodillados ante sus temores. Ausentes en la vida. Los he visto con mis propios ojos. Blandiendo principios de dudosa moral. Besando en la boca al Pecado, borrachos de amargura y aguarrás. Y fue una casualidad deliberada, porque yo también había ido en busca del licor más barato: la oscuridad del callejón.
Allí me los encontré, mirándome desde la negrura como sucias alimañas. O eso pensé, entre el regocijo de creerme superior por haber salido a no derramar las lágrimas que me causaba tu desinterés y la creciente sensación de ira post traumática.
Pero las palabras no eran lo mío. Ni las lágrimas. Y a tí te importaba todo un carajo. Habían pasado siete meses y el mejor resumen que dejaste en mi vida fue un cementerio de plantas muertas en el salón.
Sé que parecerá una locura, pero quiero que lo sepas.
Llegué a casa como pude. Me gustaría poder decir que me intentaron robar. Que el tipo huyó. Que alcancé al intento de ladrón en la gasolinera y le di una soberana paliza. Que llegó la policía y me dejó dos días en el calabozo. Que conté las horas pensando en tí. Pero no fue así. Llegué a casa y probablemente le dí dinero de más al cabrón del taxista. Mi cartera está tiritando. Quizás sí que me robasen, qué más da. Me metí en la cama. Se me antoja infinitamente vacía sin tí. Sabes que en invierno me gustan las sábanas frías. Me recuerdan que estoy vivo y me hacen olvidar los besos que me dabas bajo ellas.
Soñé contigo, por primera vez desde hacía meses. Soñé que navegábamos por los cayos de Florida y veíamos cohetes despegar. Y soñarte me hizo olvidar los errores de cálculo de mi vida.
Así que, como tú eres la experta, dime, ¿a qué huelen los trenes sin tu reflejo en el cristal? Y, sobre todo, ¿se puede velar un sueño si se enciende la luz?
Yo no me la juego.
Allí me los encontré, mirándome desde la negrura como sucias alimañas. O eso pensé, entre el regocijo de creerme superior por haber salido a no derramar las lágrimas que me causaba tu desinterés y la creciente sensación de ira post traumática.
Pero las palabras no eran lo mío. Ni las lágrimas. Y a tí te importaba todo un carajo. Habían pasado siete meses y el mejor resumen que dejaste en mi vida fue un cementerio de plantas muertas en el salón.
Sé que parecerá una locura, pero quiero que lo sepas.
Llegué a casa como pude. Me gustaría poder decir que me intentaron robar. Que el tipo huyó. Que alcancé al intento de ladrón en la gasolinera y le di una soberana paliza. Que llegó la policía y me dejó dos días en el calabozo. Que conté las horas pensando en tí. Pero no fue así. Llegué a casa y probablemente le dí dinero de más al cabrón del taxista. Mi cartera está tiritando. Quizás sí que me robasen, qué más da. Me metí en la cama. Se me antoja infinitamente vacía sin tí. Sabes que en invierno me gustan las sábanas frías. Me recuerdan que estoy vivo y me hacen olvidar los besos que me dabas bajo ellas.
Soñé contigo, por primera vez desde hacía meses. Soñé que navegábamos por los cayos de Florida y veíamos cohetes despegar. Y soñarte me hizo olvidar los errores de cálculo de mi vida.
Así que, como tú eres la experta, dime, ¿a qué huelen los trenes sin tu reflejo en el cristal? Y, sobre todo, ¿se puede velar un sueño si se enciende la luz?
Yo no me la juego.


2 comentarios:
Hacía mucho tiempo que no venía a leerte
:D
Siempre es bueno volver a leer tus escritos, muy buenos
Saludos, que estés bien
byE
Guouuuu....!!
Tu prosa-historia destila poesía a cañonazos.
No debieras dejar de escribir. No debieras...
(Tienes un nuevo lector) Abrazos.
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